
Por Alcibiades Núñez.
La historia del vallenato está llena de personajes legendarios cuyos nombres, aunque no siempre figuran en los libros oficiales, permanecen vivos en la memoria de los pueblos. Uno de ellos es Hernando Prestítero Rivero Palacio, más conocido como “Nandito el Cubano”, un hombre que cruzó el mar huyendo de la violencia y que terminó convirtiéndose en parte fundamental de la historia cultural y familiar de la antigua Provincia de Padilla.
Según relata el profesor Wildes Mendoza, sobrino del desaparecido rey vallenato Nicolás Elías “Colacho” Mendoza, Nandito nació en Manzanillo, Cuba, y llegó a Colombia hacia el año 1855, cuando apenas contaba con unos trece años de edad. Como muchos migrantes de la época, abandonó su tierra natal buscando refugio frente a los conflictos que afectaban a la isla caribeña.
Su travesía comenzó por Riohacha, puerta de entrada de numerosos inmigrantes antillanos durante el siglo XIX. Posteriormente se trasladó a Cascajalito y, finalmente, llegó a Caracolí, corregimiento de San Juan del Cesar, donde encontraría el lugar que marcaría para siempre su destino.
Caracolí era entonces una pequeña población rural bañada por las aguas del río Ranchería. La hospitalidad de sus habitantes, la tranquilidad de sus sabanas y la calidez de su gente cautivaron al joven cubano. Allí encontró algo más valioso que un refugio: encontró un hogar.
No pasó mucho tiempo antes de que se integrara plenamente a la comunidad. En Caracolí conoció a Elena Mendoza, hermana de Julio Mendoza y tía del legendario acordeonero Colacho Mendoza. El amor hizo el resto. Se casaron y formaron una familia compuesta por cinco hijos: Dilia, Rafaela, Eufemia, Casimira y Antonio Rivero Mendoza.
Los relatos familiares sostienen que Nandito vivió una existencia larga y fructífera, falleciendo en 1945 a la extraordinaria edad de 102 años, después de haber dedicado prácticamente toda su vida a esta tierra guajira que lo adoptó como uno de los suyos.
Su legado no solo se extendió a través de sus descendientes, muchos de ellos reconocidos miembros de familias tradicionales de San Juan del Cesar y Fonseca, sino también por su estrecha relación con los orígenes mismos de la música vallenata.
Durante gran parte de su juventud, Nandito recorrió junto a su padre los caminos polvorientos de la Provincia de Padilla a lomo de mula y burro, transportando mercancías entre pueblos y corregimientos. Aquellos viajes, además de permitirle ganarse la vida, le brindaron la oportunidad de acercarse al universo musical que florecía en la región.
La cercanía con sus cuñados Pedro, Barón y Julio Mendoza Mejía, todos aficionados al acordeón, despertó en él una pasión que lo acompañaría durante el resto de sus días. Estos músicos mantenían amistad con figuras que hoy forman parte de la mitología vallenata, entre ellas Emiliano Zuleta Baquero, Luis Pitre y el legendario Francisco Moscote, conocido popularmente como Francisco el Hombre.
Aquellas amistades y encuentros musicales contribuyeron a consolidar una tradición que más tarde se convertiría en uno de los mayores símbolos culturales del Caribe colombiano.
Las fiestas patronales eran el escenario ideal para el intercambio de versos, canciones y melodías. En celebraciones como las de la Virgen del Rosario en Caracolí, San Agustín en Fonseca, San Juan Bautista en San Juan del Cesar o los festejos religiosos de Riohacha, se reunían acordeoneros, verseadores y amantes de la música para compartir parrandas que podían durar varios días.
Allí estaba Nandito el Cubano, junto a los músicos más reconocidos de la época, interpretando las canciones que recorrían la región y animando encuentros donde la música era mucho más que entretenimiento: era identidad, memoria y sentido de pertenencia.
Historias como la de Hernando Prestítero Rivero Palacio nos recuerdan que la cultura vallenata no fue construida únicamente por quienes alcanzaron fama o reconocimiento nacional. También fue forjada por hombres y mujeres anónimos que, desde los pueblos y corregimientos de La Guajira y el Cesar, aportaron su talento, sus experiencias y sus sueños.
Nandito llegó a estas tierras como extranjero, pero terminó siendo parte inseparable de su historia. Su vida demuestra que las fronteras pueden separar geografías, pero la música, la amistad y el amor tienen la capacidad de convertir a cualquier lugar en patria.
Y quizás esa sea la mayor enseñanza que nos deja su memoria: que la identidad cultural del Caribe colombiano se ha construido gracias al encuentro de pueblos, tradiciones y personas que, como Nandito el Cubano, encontraron en esta tierra un lugar para quedarse para siempre.