El barro en las botas de la libertad

Por: Darío Daza

Fue recordando las visitas que hacía con mi padre a Cartagena y a la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta —él, que siempre ha tenido un amor apasionado por las historias de nuestros próceres,como volví a pensar en este 7 de agosto. Pero para entender verdaderamente lo que pasó en 1819, hay que dar vuelta a las páginas de los libros de colegio, hacer a un lado las estatuas de bronce y despojarnos por un instante del presente.

Hay que sentir el peso de la ropa empapada. Semanas enteras caminando sin zapatos, cruzando llanuras donde el agua turbia llega hasta las rodillas bajo un aguacero que no da tregua. Es saber que al caer la noche no habrá una cama seca, ni un fuego encendido, ni un plato de comida caliente. Solo el barro espeso que chupa los pies y la incertidumbre de la mañana siguiente.

Y cuando el agua cede, llega el hielo. Encarar la subida al páramo de Pisba con esa misma ropa destrozada es dejar que el viento helado corte los labios como un cristal roto. Los pies descalzos se entumecen hasta perder la sensibilidad. A un lado del camino, campesinos, llaneros y muchachos que apenas empiezan a vivir caen desplomados por el frío y el agotamiento. Y aun así, hay que apretar los dientes, tragar aire y dar un paso más, empujados por un instinto ciego y un hambre que carcome las entrañas.

Los hombres que pisaron el Puente de Boyacá aquel 7 de agosto no eran figuras de bronce. Eran almas reventadas por la miseria. Y sin embargo, en ese pequeño puente sobre el río Teatinos, rodeados de caos y pólvora, sacaron fuerzas de su propio instinto de supervivencia para doblegar a un imperio.

Hoy, al ver las banderas colgadas, recuerdo esas charlas con mi padre y pienso en ellos. No peleaban pensando en nosotros, ni en cómo sería este país dos siglos después. Pelean porque no tenían otra salida. Y es exactamente ahí, en ese dolor silencioso y en ese barro pesado en las botas, donde se fundó la libertad que hoy damos por sentada.

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