Cuando la primavera florecía en San Juan del Cesar, una niña inspiró a Hernando Marín a componer “Sanjuanerita”.

Por Alcibiades Núñez.

Hablar de Hernando José Marín Lacouture es evocar a uno de esos compositores que parecían tener el corazón afinado como una guitarra. De esos juglares modernos que, con una libreta improvisada y una inspiración repentina, convertían momentos sencillos de la vida en canciones eternas del vallenato.

Así nació “Sanjuanerita”, una de esas composiciones que, con el paso del tiempo, se volvieron parte del alma musical del Caribe. La canción fue grabada inicialmente por Jorge Oñate y Juancho Rois en el álbum “El Ruiseñor de mi Valle” en 1981, y años después volvió a resonar en los tocadiscos del país cuando Rafael Orozco e Israel Romero, con el Binomio de Oro, la incluyeron en el álbum “Por Siempre” en 1992.

Pero detrás de esa melodía hay una historia sencilla, casi doméstica, que comenzó en una tarde luminosa de abril de 1980.

Ese día, Saúl Enrique Hinojosa Fernández, junto a su esposa Josefina Mendoza y sus hijos Jorge Eliecer, Eliris Elena “Lili” y Nasly Mercedes, decidieron hacer un paseo familiar al corregimiento de Los Pondores, en la finca Los Anones, propiedad de José María “Chemita” Daza.

La escena parecía sacada de un cuadro caribeño: el río Cesar corría claro y generoso, el cielo era amplio y las flores amarillas de los cañahuates y guayacanes pintaban el paisaje con el color de la primavera guajira.

Entre los invitados que acompañaban el paseo estaban Hernando Marín, Lucho Gutiérrez, Pablo Ariza, Julio Tata y el doctor Urbano Manuel Bermúdez. Como suele suceder en la Guajira cuando se juntan amigos, no tardaron en aparecer las guitarras.

Sentados cerca del río, con el instrumento apoyado en el pecho, comenzaron a tocar y cantar. Mientras tanto, Lili y Nasly, las hijas de Saúl, se bañaban felices en las aguas diáfanas del Cesar, riendo y salpicando la arena blanca de la orilla.

En medio de aquel ambiente de música, sol y risas, ocurrió el momento que cambiaría la historia.

La pequeña Nasly, con la espontaneidad de la juventud, se acercó a Hernando Marín y le dijo con tono de reclamo cariñoso:Tío, usted le ha hecho canciones a todo el mundo… menos a mí.

Marín sonrió. Al principio le respondió que él componía canciones para sus enamoradas, y que a ellas las quería como si fueran sus propias hijas. Pero aquella tarde algo en el ambiente lo conmovió.

Quizás fue el brillo del río, la alegría de las muchachas o el perfume de los árboles florecidos. Lo cierto es que la musa apareció.

Entonces tomó el cartón de una caja de Old Parr, buscó un bolígrafo y comenzó a escribir. Mientras lo hacía, observaba el paisaje: las flores amarillas que tanto evocaban la tierra de Gabriel García Márquez, la brisa suave que acariciaba la orilla del río y la risa de Nasly y Lili jugando en el agua.

Así, casi sin darse cuenta, nació una de las canciones más bellas del repertorio vallenato.

En “Sanjuanerita”, Hernando Marín comparó la frescura de aquellas hermanas con las aguas cristalinas y la arena blanca del río Cesar, y las retrató como flores de la Guajira, afirmando con orgullo que, entre todas ellas, la Sanjuanerita es la más bonita.

De esta manera, una tarde de paseo familiar se transformó en inspiración eterna.

Hernando Marín, nacido en El Tablazo, zona rural de San Juan del Cesar, dejó un legado inmenso para el vallenato. Fue autor de más de doscientas composiciones, muchas de ellas convertidas en clásicos interpretados por grandes figuras del género.

Entre sus obras se destacan “La creciente”, grabada por Rafael Orozco e Israel Romero con el Binomio de Oro; “Villanueva mía”, ganadora del concurso de Canción Inédita del Festival Vallenato en 1992 con el tema “Valledupar del alma”; “Campesino parrandero”, inmortalizada por Jorge Oñate; “Los maestros”, convertida en himno de los docentes en la voz de los Hermanos Zuleta; y “El invencible”, grabada por Diomedes Díaz.

A esa larga lista se suman canciones como “El ángel del camino”, “Bebiendo yo”, “Mis muchachitas”, “Lluvias de verano”, “La primera piedra”, “Canta conmigo”, “El gavilán mayor”, “El arbolito”, “La vecina de Chavita”, “El cantante del pueblo” y “La ley de embudo”.

Sin embargo, entre todas esas obras, “Sanjuanerita” guarda un encanto especial: el de haber nacido de una tarde sencilla, de una petición inocente y del paisaje generoso de la Guajira.

Porque a veces, las canciones más grandes no nacen en estudios de grabación ni en escenarios multitudinarios.

Nacen en la orilla de un río, entre risas, guitarras y la inspiración de un compositor que supo escuchar el latido de su tierra.

Hernando Marin y la inspiradora del canto.

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