
Por: Hernán Baquero Bracho
Hay hombres que pasan por la vida pública ocupando cargos importantes y dejando en los archivos los nombres de las posiciones que desempeñaron. Y hay otros que, además de ejercer responsabilidades, dejan una huella de dignidad, rectitud y servicio que permanece en la memoria de sus pueblos. Humberto Rois Fernández pertenece a esta segunda categoría: la de aquellos hombres cuya trayectoria profesional y humana se encuentra indisolublemente ligada a la palabra honor.
Hablar de Humberto Rois Fernández es hablar de San Juan del Cesar, de sus hombres de leyes, de sus dirigentes y de aquella generación de profesionales que entendió el servicio público como una responsabilidad y no como un privilegio. Abogado y especialista en Derecho Disciplinario, Humberto construyó una brillante carrera en diferentes escenarios de la administración pública y de la justicia, siempre acompañado por una característica que quienes lo conocen destacan: la rectitud de sus actuaciones.
Su hoja de vida registra responsabilidades de importancia en La Guajira y en el ámbito nacional. Fue diputado de la Asamblea Departamental, gerente de la Lotería de La Guajira, director regional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y funcionario de la Procuraduría General de la Nación. Posteriormente, su experiencia jurídica y su conocimiento del Estado lo llevaron a desempeñarse como magistrado del Consejo Seccional de la Judicatura, escenario de alta responsabilidad en el que la independencia, el conocimiento del derecho y la conducta ética resultan fundamentales.
Pero detrás de los cargos, de los títulos y de las responsabilidades institucionales siempre estuvo el hombre. Y ese hombre es, para quienes hemos tenido la fortuna de conocerlo, Humberto Rois: mi buen amigo, un ciudadano de carácter recio, palabra franca y principios firmes. Su vida pública no se entiende solamente desde las posiciones que ocupó, sino desde la manera como las asumió y desde la conducta que mantuvo durante el ejercicio de ellas.
En tiempos en que la sociedad reclama referentes de integridad, resulta pertinente volver la mirada hacia quienes hicieron de la honradez una forma de vida. Humberto pertenece a esa estirpe de profesionales que comprendieron que la reputación se construye durante muchos años, pero puede perderse en un instante. Por eso cuidó siempre su nombre, sus actuaciones y la responsabilidad que implicaba representar a las instituciones.
En el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar tuvo la oportunidad de trabajar en asuntos directamente relacionados con la primera infancia, la familia y la protección de los sectores que más necesitan del Estado. Esa experiencia seguramente enriqueció todavía más su visión social y su comprensión de las enormes responsabilidades que tienen las instituciones frente a las comunidades.
Su paso por la Procuraduría General de la Nación también estuvo relacionado con esa dimensión jurídica que ha caracterizado su vida profesional. El conocimiento del derecho disciplinario y de los mecanismos de control del Estado le permitieron comprender desde adentro la importancia de la responsabilidad de los servidores públicos y el valor de actuar siempre dentro de los principios que gobiernan la función pública.
Como magistrado del Consejo Seccional de la Judicatura, su experiencia alcanzó otro nivel de responsabilidad. Allí no bastan los conocimientos académicos: se requiere criterio, independencia, prudencia y una profunda comprensión de la justicia. Esa etapa forma parte de una trayectoria que explica por qué Humberto es recordado en San Juan del Cesar y en La Guajira como un profesional vinculado durante décadas a asuntos de relevancia jurídica, administrativa y pública.
Pero si la vida profesional de Humberto merece reconocimiento, su dimensión familiar merece un capítulo especial. Casado con el amor de su vida, Martha Mendoza, ha construido junto a ella una familia que constituye uno de los grandes patrimonios de su existencia. Hoy, en uso de buen retiro, disfruta de una etapa diferente, más tranquila, pero no menos intensa, acompañado de los suyos.
El destino quiso que su refugio estuviera en Zambrano, corregimiento de San Juan del Cesar, donde encontró en el campo una manera distinta de continuar viviendo su relación profunda con su tierra. Allí, en su casa campestre, lejos del ruido cotidiano de los despachos y de los corredores institucionales, Humberto disfruta de la tranquilidad que ofrece la naturaleza y de la compañía de su familia.
Y es precisamente en Zambrano donde ha surgido otra faceta de su personalidad. Sin buscarlo ni reclamarlo, Humberto se ha convertido en un líder natural de la comunidad. Porque el liderazgo verdadero no siempre necesita de un cargo, de una oficina o de una elección. Hay liderazgos que nacen de la confianza, del respeto y de la autoridad moral que una persona consigue construir a lo largo de los años.
En Zambrano, su voz conserva vigencia. Su carácter permanece intacto y su capacidad para opinar sobre los asuntos públicos sigue siendo reconocida. Cuando Humberto habla, lo hace sin ambages, pero también con conocimiento de causa. No necesita levantar la voz para hacerse escuchar: le basta con la experiencia acumulada durante tantos años de vida profesional y pública.
Es, además, un extraordinario tertuliano. En sus conversaciones aparecen la historia municipal, los acontecimientos departamentales, los grandes debates nacionales, el derecho, la política y, por supuesto, las anécdotas de una vida recorrida desde distintos escenarios de la sociedad. Escucharlo es encontrarse con una memoria viva de varias décadas de la vida pública de San Juan, La Guajira y Colombia.
Hay también en Humberto una dimensión familiar particularmente significativa. Dentro de su familia ejerció durante muchos años un papel de orientación y acompañamiento, y tuvo especial cercanía con su sobrino Juancho Rois, uno de los grandes acordeoneros que ha producido la música vallenata. En la vida de Juancho, Humberto fue consejero y figura de referencia, aportando desde su experiencia y su condición de tío esa guía que muchas veces resulta determinante en los momentos importantes de una vida.
Juancho construyó su propia leyenda con el acordeón, pero detrás de las figuras que alcanzan la gloria artística suelen existir familias que acompañan, aconsejan y sostienen. Humberto hizo parte de ese entorno familiar que acompañó al artista sanjuanero en diferentes momentos de su vida. Es una faceta menos conocida de su trayectoria, pero profundamente humana.
Hoy, cuando la vida pública ha cambiado y muchas de las instituciones en las que Humberto prestó sus servicios pertenecen ya a distintas etapas de nuestra historia, él conserva algo que no depende de los cargos: la autoridad moral construida con los años. El retiro administrativo no significa el retiro de las ideas, ni de las conversaciones, ni de la posibilidad de orientar a las nuevas generaciones.
Humberto Rois es, además, un hombre noble y sincero. Quienes lo conocen saben que no acostumbra disfrazar sus pensamientos para complacer a nadie. Su franqueza puede ser contundente, pero nace de una personalidad formada en principios y convicciones. Esa manera directa de asumir la vida hace parte de su identidad y explica el respeto que ha conseguido entre quienes han compartido con él diferentes momentos.
En lo personal, me honra llamarlo amigo. Y cuando uno escribe sobre un amigo debe hacerlo con responsabilidad, porque la amistad verdadera no necesita exageraciones. Basta contar lo que se conoce y dejar que una vida bien vivida hable por sí misma. En el caso de Humberto, los años de servicio, las responsabilidades asumidas, su trayectoria jurídica y el cariño de su comunidad constituyen un testimonio suficientemente elocuente.
San Juan del Cesar puede sentirse orgulloso de los profesionales que ha entregado a La Guajira y al país. Entre ellos está Humberto Rois Fernández, un abogado que transitó por la administración pública, los organismos de control y la judicatura, pero que nunca dejó de ser el sanjuanero que lleva consigo el sentido de pertenencia por su tierra y por su gente.
Ahora, desde la serenidad de Zambrano, acompañado por Martha Mendoza y por su familia, Humberto contempla el camino recorrido. Ya no tiene que correr detrás de los cargos ni de las responsabilidades institucionales. El tiempo le ha concedido el privilegio de mirar hacia atrás y encontrar una historia profesional construida con trabajo, conocimiento y principios.
Y quizá esa sea una de las mayores recompensas que puede recibir un hombre público: llegar al ocaso de su vida profesional con el nombre limpio, con los amigos intactos, con la familia a su lado y con la tranquilidad de haber actuado conforme a sus convicciones. Humberto Rois Fernández puede mirar ese recorrido con la satisfacción de quien ha procurado honrar su profesión, su familia y su tierra.
Por eso hoy, desde estas líneas, quiero rendirle un reconocimiento especial a mi buen amigo Humberto Rois Fernández. Al abogado, al jurista, al servidor público, al magistrado, al consejero, al padre de familia, al tertuliano y al líder natural de Zambrano. Pero, sobre todo, al ser humano honesto, noble y sincero que ha sabido convertir la rectitud en una manera de vivir. Porque los cargos pasan, los tiempos cambian y las instituciones se transforman; pero la conducta, cuando está cimentada en principios, permanece. Y esa es, precisamente, la mejor carta de presentación de Humberto Rois Fernández.