Veintisiete años sin Nando Marín, el poeta eterno de La Guajira.

Por Alcibiades Núñez.

El pasado 5 de septiembre se cumplieron 27 años del fallecimiento de Hernando José Marín Lacouture, uno de los compositores más importantes del vallenato. Su vida se apagó inesperadamente en un accidente de tránsito ocurrido en las carreteras del departamento de Bolívar, pero su voz creadora permanece viva en las canciones que todavía recorren los pueblos, las emisoras y las parrandas del Caribe colombiano.

Hablar de Hernando Marín es evocar a uno de esos compositores que parecían tener el corazón afinado como una guitarra. Fue uno de aquellos juglares modernos capaces de convertir los acontecimientos cotidianos, los paisajes campesinos, las historias de amor, las desigualdades sociales y las alegrías familiares en poesías vallenatas destinadas a permanecer en la memoria colectiva.

Nació el primero de septiembre de 1945 en El Tablazo, zona rural de San Juan del Cesar, La Guajira. Allí aprendió a observar el campo, escuchar el canto de las aves, contemplar las crecientes de los ríos y comprender las esperanzas y dificultades de los campesinos. Ese territorio no fue solo el lugar de su nacimiento: fue la raíz de buena parte de su inspiración. Sus hijos Deimer Jacinto, Ana Cecilia, María Eugenia, Hernando José, Sara Isela, Anne, Juan Pablo, Ana Leinys, Ana Celis y Ana Tatiana, así como sus hermanos, Elías Fernando, Wisman, Luis José, Nuris María, Helmo de Jesús, Temilda, Román Enrique, Luis Fernando, Edith, Solangel Violeta y Martha Rocío, familiares y amigos, continúan recordándolo con especial emoción durante los primeros días de septiembre, mes de su nacimiento y de su partida. Lo recuerdan en la casa de la vieja; donde Delfina Álvarez; en el quiosco parrandero de Joseito Parodi, o en las reuniones organizadas por su compadre Saúl Hinojosa.

En la memoria de quienes compartieron con él permanece la imagen de Nando con la guitarra apoyada en el pecho, interpretando alguna de sus canciones y despertando, con cada verso, una mezcla de alegría, tristeza y nostalgia. Hernando Marín dejó un legado inmenso para la música vallenata. Fue autor de más de doscientas composiciones, muchas de las cuales se convirtieron en clásicos interpretados por las voces más importantes del género. Entre sus obras sobresale “La creciente”, inmortalizada por Rafael Orozco e Israel Romero con el Binomio de Oro. También se encuentran “Campesino parrandero”, grabada por Jorge Oñate; “Los maestros”, convertida en un himno de los educadores colombianos en la voz de los Hermanos Zuleta, y “El invencible”, llevada al acetato por Diomedes Díaz. A este valioso repertorio pertenecen igualmente “Villanueva mía”, “Valledupar del alma”, “El ángel del camino”, “Bebiendo yo”, “El mocoso”, “La Guaireñita”, “Mis muchachitas”, “Lluvias de verano”, “La primera piedra”, “Canta conmigo”, “El gavilán mayor”, “El arbolito”, “La vecina de Chavita”, “El cantante del pueblo” y “La ley del embudo”.

Sus canciones no fueron simples relatos musicalizados. En ellas quedó plasmada una parte esencial de la historia social y sentimental del Caribe. Marín escribió sobre el campesino, los maestros, los pueblos, el amor, la amistad, la familia y las injusticias de una región que aprendió a contar sus dolores y esperanzas por medio del acordeón, la caja, la guacharaca y la guitarra. Entre todas sus composiciones, “Sanjuanerita” guarda un encanto especial. Es una obra nacida de una tarde sencilla, una petición inocente y la generosidad del paisaje guajiro. Las grandes canciones no siempre surgen en estudios de grabación ni frente a escenarios multitudinarios. Algunas nacen en la orilla de un río, entre amigos, risas y guitarras. Así ocurrió con “Sanjuanerita”, una composición que terminó formando parte del alma musical del Caribe colombiano. La canción fue grabada inicialmente por Jorge Oñate y Juancho Rois en el álbum El Ruiseñor de mi Valle, publicado en 1981. Años después volvió a escucharse con fuerza cuando Rafael Orozco e Israel Romero, con el Binomio de Oro, la incluyeron en el álbum Por siempre, de 1992.

La historia de la canción comenzó durante una luminosa tarde de abril de 1980. Saúl Enrique Hinojosa Fernández, su esposa Josefina Mendoza y sus hijos Jorge Eliécer, Eliris Elena “Lili” y Nasly Mercedes decidieron realizar un paseo familiar en la finca Los Anones, ubicada en el corregimiento de Los Pondores y propiedad de José María “Chemita” Daza. El escenario parecía una pintura caribeña. El río Cesar corría claro y generoso, mientras las flores amarillas de los cañahuates y guayacanes embellecían el paisaje con los colores de la primavera guajira. Entre los invitados se encontraban Hernando Marín, Lucho Gutiérrez, Pablo Ariza, Julio Tata y el médico Urbano Manuel Bermúdez.

Como suele suceder en La Guajira cuando se reúnen los amigos, muy pronto aparecieron las guitarras. Sentados cerca del río, comenzaron a tocar y cantar mientras Lili y Nasly se bañaban alegremente en sus aguas y corrían sobre la arena blanca de la orilla. En medio de aquella celebración ocurrió el momento que daría origen a la canción. Nasly se acercó a Hernando Marín y, con la espontaneidad de sus años, le hizo un reclamo cariñoso: Tío, usted les ha hecho canciones a todos… menos a mí, Marín sonrió. Inicialmente le respondió que componía canciones para sus enamoradas y que a ella y a su hermana las quería como si fueran sus propias hijas. Sin embargo, aquella petición quedó resonando en su corazón. Tal vez fue el brillo del río, la alegría de las muchachas, la brisa que recorría la ribera o el perfume de los árboles florecidos. Lo cierto es que la musa llegó sin anunciarse. Hernando tomó el cartón de una caja de whisky Old Parr, buscó un bolígrafo y comenzó a escribir.

Mientras trazaba los primeros versos, contemplaba las flores amarillas, el agua cristalina y las risas de Nasly y Lili. De ese instante cotidiano nació una de las composiciones más hermosas del repertorio vallenato. En “Sanjuanerita”, el compositor comparó la frescura de las hermanas con las aguas transparentes y la arena blanca del río Cesar. Las convirtió en flores de La Guajira y proclamó, con el orgullo propio de su tierra, que entre todas ellas la Sanjuanerita era la más bonita.

Una tarde de paseo familiar había quedado transformada para siempre en inspiración musical. La imaginación de Hernando Marín también se alimentó de sus recorridos por El Tablazo y sus alrededores. Durante sus permanencias en esa tierra tuvo un burro llamado “Placeres Tengo”, regalo de su padre de crianza, el viejo Nicolás Ariza. Sobre el lomo de aquel fiel animal, Nando visitaba las rozas, caminos y poblaciones cercanas. El burrito fue mucho más que un medio de transporte, se convirtió en su compañero de andanzas y en protagonista de algunas de sus historias musicales. De aquellas experiencias nacieron canciones como “Placeres Tengo” y “La Guaireñita”, en las cuales relató las aventuras de su inseparable compañero y las travesuras infantiles vividas en la zona rural de San Juan del Cesar.

Esa era una de las grandes virtudes de Hernando Marín: encontraba poesía donde otros solamente veían situaciones comunes. Un burro, un sendero, una creciente, una joven sanjuanera, una reunión de maestros o una tarde junto al río podían convertirse, en sus manos, en materia prima para una canción inolvidable. Han transcurrido 27 años desde su partida, pero Hernando Marín Lacouture continúa presente. Vive en la memoria de sus hijos, hermanos, amigos y compadres; en las voces que interpretaron sus obras; en los docentes que cantan “Los maestros”, y en los campesinos que se reconocen en sus versos.

También vive cada vez que “La creciente” vuelve a sonar, cuando alguien canta “Sanjuanerita” junto al río Cesar o cuando una guitarra recuerda las historias de El Tablazo. Los verdaderos compositores no desaparecen cuando dejan este mundo. Permanecen en las emociones que sus canciones despiertan y en los pueblos que se sienten representados en sus versos. Hernando Marín fue cronista musical de su tierra, poeta de las cosas sencillas y defensor de la identidad guajira. Por eso, aunque aquel 5 de septiembre su vida terminó en una carretera de Bolívar, su guitarra nunca dejó de sonar. Nando Marín sigue recorriendo los caminos de La Guajira. Ya no lo hace sobre “Placeres Tengo”, sino a través de más de doscientas canciones que vencieron el tiempo y lo convirtieron en un juglar inmortal.

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