Medina, el Ñato, Placeres tengo y el Pion, los nobles compañeros del folclor vallenato.

Por Alcibíades Núñez.

En la historia del folclor vallenato no solamente aparecen acordeones, cajas, guacharacas, cantinas, amores contrariados y caminos polvorientos. También existe un protagonista humilde, paciente y trabajador que acompañó silenciosamente a varios de sus grandes compositores y cantantes: el burro.

Durante generaciones, este noble animal fue indispensable en la vida cotidiana de las comunidades rurales y urbanas del Caribe colombiano. Sirvió como medio de transporte, ayudó en las labores agrícolas y pecuarias, cargó alimentos, leña y agua, y recorrió junto a sus propietarios extensos caminos bajo el inclemente sol de La Guajira y el Cesar. Para muchos campesinos, el burro no fue simplemente un animal de carga. Fue un compañero de trabajo, un amigo inseparable y, en algunos casos, un confidente silencioso. Así ocurrió con reconocidas figuras del vallenato como Leandro Díaz, Rafael Orozco Maestre, Hernando Marín Lacouture y Aurelio Núñez Bermúdez, quienes tuvieron en Medina, El Ñato, Placeres Tengo y El Pión, respectivamente, unos aliados fundamentales durante distintas etapas de sus vidas.

El maestro Leandro Díaz, uno de los compositores más admirados de la música vallenata, tuvo un burro llamado Medina. Según la memoria familiar, Leandro poseía un cultivo de caña de azúcar de aproximadamente una hectárea y decidió negociar con su hermano, Eustaquio Díaz Figueroa: cambió aquel cultivo por el animal. Medina se convirtió desde entonces en su medio de transporte y en su compañero de recorridos. Sobre su lomo, el genial compositor transitó por caminos rurales mientras percibía el mundo a través de los sonidos, los aromas y las voces de la naturaleza. Leandro Díaz no necesitó ver el paisaje para describirlo; aprendió a contemplarlo con el alma, y su fiel burrito formó parte de ese universo sensorial que posteriormente se transformaría en poesía y canción.

Rafael Orozco Maestre también conoció desde niño el valor del trabajo acompañado por un burro. Cuando vivía en Becerril, en el departamento del Cesar, tenía un asno llamado El Ñato. Con él acudía diariamente al río Maracas para recoger agua en dos canecas, que después vendía entre familiares y vecinos del sector donde residía junto con sus padres, Rafael Orozco Fernández y Virginia Maestre. Mucho antes de convertirse en la voz inolvidable del Binomio de Oro y en uno de los cantantes más queridos del vallenato, Rafael Orozco aprendió, al lado de El Ñato, el significado del esfuerzo, la responsabilidad y la perseverancia. Aquellas jornadas junto al río muestran el origen sencillo y trabajador de un artista que posteriormente conquistaría escenarios nacionales e internacionales.

Otra historia entrañable es la de Hernando Marín Lacouture y su burro Placeres Tengo. Durante sus temporadas en El Tablazo, zona rural del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, Nando recibió este animal como regalo de su padre de crianza, el viejo Nicolás Ariza. Con Placeres Tengo recorrió las rozas y los parajes cercanos de El Tablazo. El animal no solo le facilitó sus desplazamientos, sino que se convirtió en compañero de aventuras y fuente de inspiración. Su presencia quedó ligada a composiciones como “Placeres Tengo” y “La Guaireñita”, canciones en las que el autor recreó vivencias, personajes y travesuras de su niñez en esa región campesina.

También aparece en esta memoria Aurelio Núñez Bermúdez, quien, cuando residía en Zambrano, jurisdicción de San Juan del Cesar, tenía un burro llamado El Pión. Con su fiel compañero acudía todos los días al río Cesar para recoger agua en dos tambores. Luego la vendía entre sus amistades y los vecinos del barrio El Centro, donde vivía con sus padres, Federico Núñez y Ana Bermúdez. El Pión fue mucho más que un medio para transportar agua. Representó el esfuerzo de una familia y la capacidad de convertir las dificultades cotidianas en oportunidades de trabajo. Como sucedió con los otros animales, su recuerdo quedó unido a la vida de un creador vallenato y a la memoria de una comunidad.

Medina, El Ñato, Placeres Tengo y El Pión pertenecen a una época en la que los caminos se recorrían sin prisa y el agua debía buscarse directamente en los ríos. Sus historias permiten comprender que el vallenato no nació únicamente en las parrandas. También surgió en las faenas del campo, en las madrugadas campesinas, en las necesidades de los hogares y en los largos trayectos durante los cuales el hombre podía conversar con la naturaleza y consigo mismo. Estos burros transportaron agua, cosechas y herramientas, pero también llevaron sobre sus lomos a hombres que después transformarían sus experiencias en versos, melodías y cantos. Fueron testigos silenciosos de ilusiones, tristezas, amores y sacrificios que más tarde encontraron refugio en una canción.

En tiempos modernos, cuando las motocicletas, los automóviles y otras formas de transporte han desplazado al burro de muchas actividades tradicionales, resulta justo rescatar su importancia histórica. Detrás de su aparente humildad se encuentra una contribución invaluable a la economía campesina, a la supervivencia familiar y a la cultura popular del Caribe colombiano.

El folclor vallenato también tiene una deuda de gratitud con estos nobles animales. Medina, El Ñato, Placeres Tengo y El Pión no tocaron acordeón ni escribieron versos, pero acompañaron a quienes sí lo hicieron. Por eso, cuando se cuente la historia de nuestros juglares, cantantes y compositores, también habrá que reservar un lugar especial para aquellos fieles amigos que, con paso lento y corazón noble, ayudaron a llevar el vallenato desde los caminos rurales hasta el mundo.

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