El orgullo de decir “Soy Sanjuanero” mucho más que la cuna de compositores, donde nació el alma del vallenato.

Por Alcibiades Núñez.

Hay pueblos que se distinguen por sus paisajes, otros por su riqueza económica y algunos por los hechos que marcaron la historia de un país. Pero existen lugares privilegiados cuya mayor fortuna ha sido el talento de su gente. San Juan del Cesar, pertenece a esa categoría excepcional. Allí la música no es un oficio; es una manera de vivir y entender la vida.

Hace más de veintiocho años tuve el privilegio de conocer a uno de los grandes compositores del folclor vallenato: Máximo Móvil Mendoza, “El Indio de Oro”. Más allá de su extraordinaria obra musical, descubrí a un hombre sencillo, respetuoso, carismático y profundamente enamorado de su tierra. Era de esos personajes que enseñaban sin proponérselo, porque hablaban con la autoridad que solo otorgan la experiencia y el amor por las raíces.

Las conversaciones que compartimos en la tradicional Plaza Santander y la Virgencita, siguen vivas en mi memoria. Allí no solo se hablaba de canciones; se hablaba de historia, de cultura, de identidad y de la enorme responsabilidad de preservar una tradición que ha llevado el nombre de San Juan del Cesar por toda Colombia y más allá de sus fronteras.

Aquellas tertulias eran verdaderas cátedras del vallenato. En ellas aparecían los nombres de quienes convirtieron a este municipio en la auténtica Cuna de Compositores: Diomedes Díaz, Juancho Rois, Marciano Martínez, Octavio Daza, Colacho Mendoza, Hernando Marín, Sergio Moya, Isaac Carrillo, Hernán Urbina Joiro, Luis Egurrola, Roberto, Efrén y Amílcar Calderón, Fellin Gámez, Silvio Brito, Aurelio Núñez, Franklin Moya, Deimer Marín, Leonardi Vega, Alex Duarte, Jesús Alberto Villero, Alexander Oñate, Miromel Mendoza, Franco Arguelle, Mauro Millán, Armando Mendoza, Emerson Plata, José Amiro Bermúdez, Yoni Gámez, Heriberto Bermúdez y muchos otros artistas que continúan llevando el folclor vallenato a escenarios nacionales e internacionales.

Cada uno de ellos representa una página de la historia musical del Caribe colombiano. Juntos han construido un patrimonio que no pertenece únicamente a La Guajira, sino a toda Colombia.

Por eso no sorprende caminar por San Juan del Cesar y escuchar, en cualquier esquina, a un joven abrazando un acordeón, mientras interpreta clásicos como Luna Sanjuanera, La Juntera, Te regalo mis triunfos, Vallenato y Guajiro, Gaviota Herida, como aquel pajarito, Esperanza, la Guaireñita, decidí cambiar, no se qué tienes tu, la huella de tu amor, un amor tan grande, Ven conmigo o Tú eres la reina. Allí, la música nace con la misma naturalidad con que florecen los árboles después de la lluvia. Las plazas, las calles y los parques se convierten en escuelas abiertas donde las nuevas generaciones aprenden el lenguaje del acordeón, de la caja y de la guacharaca.

Ese es el verdadero patrimonio de San Juan del Cesar: una cultura que se transmite de generación en generación sin necesidad de manuales, porque vive en la memoria colectiva de su pueblo.

Cada vez que visito otra ciudad y alguien me pregunta de dónde soy, respondo con orgullo que nací en la tierra de los compositores, de los acordeoneros, de los poetas y de los verseadores. No es una expresión de vanidad; es el reconocimiento a una comunidad que ha sabido convertir el arte en su principal carta de presentación.

Hoy, cuando tantas tradiciones enfrentan el riesgo del olvido, vale la pena recordar que proteger el vallenato es también proteger una parte esencial de la identidad colombiana. San Juan del Cesar no solo le ha regalado canciones al país; le ha entregado historias, sentimientos y una manera única de narrar la vida.

Tal vez el mejor homenaje que podemos hacerles a maestros como Máximo Móvil Mendoza sea comprender que su legado no termina en los discos ni en los festivales. Vive en cada niño que aprende a tocar un acordeón, en cada compositor que escribe inspirado por su tierra y en cada colombiano que reconoce que el vallenato sigue siendo una de las expresiones culturales más auténticas de nuestra nación.

Porque mientras en San Juan del Cesar haya un niño abrazando un acordeón, un compositor escribiendo versos o un cantor dispuesto a narrar la vida a través de una canción, el espíritu del vallenato jamás morirá. Seguirá latiendo con la fuerza de sus raíces, honrando la memoria de sus maestros y recordándole a Colombia que, en esta tierra bendecida por Dios y el talento, la música no solo se interpreta: se vive, se siente y se hereda.

El trio de oro

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