Cuando viajar era un acto de fé

Por: Darío Daza

Hubo una época en Colombia en la que salir de casa era un acto de fe.

Hoy escucho a muchos jóvenes hablar del país, de la guerra, del Estado, de los gobiernos de derecha y de izquierda, de la violencia y de los grupos armados, como si todo hubiese sido una discusión académica o una narrativa manipulada por intereses ideológicos. Y entonces entiendo que gran parte del problema es que ellos no vivieron lo que nosotros sí vivimos.

No sintieron el estruendo de un petardo explotando a una cuadra de su casa ni el temblor de las ventanas en plena noche. No crecieron con el miedo de un toque de queda. No salieron a la calle pensando si regresarían vivos. No viajaron por las carreteras del país con la incertidumbre de encontrar un retén guerrillero más adelante.

Yo sí lo viví.

Recuerdo, siendo apenas un adolescente de unos quince años, haber presenciado una de esas llamadas “pescas milagrosas” que sembraban terror en las carreteras del país. Ocurrió en el puente de Los Chirrincheros, entre Urumita y La Jagua del Pilar. Aquella noche, la guerrilla detuvo la Toyota cuatro puertas del Tigre Carrillo, quien regresaba de un partido de la Selección Colombia en Barranquilla. Allí secuestraron a la esposa de Eloy “Chichi” Quintero. Aún recuerdo cómo se la llevaron frente a nosotros, indiferentes al llanto desesperado de su hijo.

Mientras todo ocurría, mi abuela Adela y yo intentábamos escondernos en el piso de un Sprint, paralizados por el miedo. Y todavía recuerdo la frase con la que aquellos hombres armados pretendían tranquilizar a los viajeros:

“Si escuchan disparos, tírense al suelo, porque puede haber un enfrentamiento con el Ejército”.

Tremendo consuelo.

Eso era Colombia.

Cuando viajaba con mi padre de San Juan a Barranquilla, sabíamos lo que significaba avanzar por una vía solitaria y no ver vehículos regresar. Porque en aquellos años el silencio en las carreteras no era tranquilidad; era advertencia. Podía significar un combate, un secuestro masivo o un retén ilegal donde hombres armados decidían quién seguía viviendo y quién no.

Hay recuerdos que no aparecen en los libros de historia ni en las discusiones de redes sociales. Se quedan viviendo en la memoria de quienes crecimos en medio de retenes, explosiones, noticias de secuestros y familias esperando llamadas para saber si alguien había llegado con vida.

Por eso resulta tan fácil juzgar hoy muchas decisiones tomadas en aquellos años desde la comodidad de un país distinto. Un país imperfecto, sí, con enormes problemas todavía, pero infinitamente menos aterrorizado que el de los años noventa.

No se trata de idealizar gobiernos ni de negar errores. Todo poder debe ser cuestionado. Pero también es cierto que durante muchos años Colombia vivió bajo el miedo permanente impuesto por organizaciones armadas que terminaron condicionando la vida cotidiana de millones de personas.

Lo preocupante no es que las nuevas generaciones piensen distinto. Lo preocupante es olvidar lo que ocurrió o reducir aquella época a simples relatos ideológicos, desconectados de la experiencia real de la población civil.

Porque hubo una Colombia donde viajar era un riesgo, donde las familias rezaban cuando alguien salía a carretera y donde la violencia no era un debate universitario, sino una realidad que se sentía en la piel.

Quienes no vivieron el miedo tienen derecho a opinar; quienes sí lo vivimos tenemos la obligación de recordar.

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