Carlos Arturo Ariza Molina, el maestro que transformó la educación en San Juan del Cesar.

Por Alcibíades Núñez.

En San Juan del Cesar hay nombres que permanecen vivos en la memoria colectiva porque están ligados a la historia, al progreso y a la formación de varias generaciones. Uno de ellos es el del profesor Carlos Arturo Ariza Molina, conocido cariñosamente como “Pelongo”, un maestro que convirtió la educación en la gran misión de su vida.

Nació en este municipio guajiro el 17 de septiembre de 1933 y el próximo mes llegará a sus 93 años, rodeado del respeto, la admiración y el afecto de una comunidad que reconoce en él a uno de sus principales referentes pedagógicos.

El profesor Ariza formó un hogar junto a la señora Mercy Carrascal. De esa unión nacieron sus hijos Carlos Julio, María Rosa, María Isabel, Armando José, María Mercedes y Manuel Antonio, quienes representan la continuidad de una familia construida sobre los valores, el amor y el compromiso.

Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Urbana de Niños, institución que actualmente lleva el nombre de Rafael Celedón, donde cursó de primero a tercer grado. Posteriormente estudió cuarto y quinto de primaria en el colegio San Juan Bautista, dirigido por el recordado educador Enrique David Brito, conocido afectuosamente como “El Míster”.

Continuó su formación académica en el Seminario Conciliar de Santa Marta y luego cursó tres años de Filosofía y Letras en el Seminario San Vicente de Paúl, en Bogotá. Durante aquella etapa alimentó el sueño de convertirse en sacerdote. Sin embargo, el fallecimiento de su padre cambió inesperadamente el rumbo de su vida.

Ante aquella dolorosa circunstancia, tuvo que abandonar sus estudios y regresar a San Juan del Cesar. Como hermano mayor, asumió la responsabilidad de ponerse al frente de su familia, ayudar a su madre y contribuir a la crianza, educación y protección de sus hermanos menores. Fue una decisión marcada por el amor filial, el sacrificio y un profundo sentido del deber.

Aunque no pudo continuar su camino hacia el sacerdocio, encontró en la docencia otra manera de servir. Las aulas se convirtieron en su templo; los estudiantes, en su comunidad, y la enseñanza, en su verdadero apostolado.

Sus primeros pasos como educador los dio en el colegio de Enrique David “El Míster” Brito. Más adelante trabajó al lado del padre Armando Becerra en el Colegio Parroquial Pío XII, donde permaneció durante once años. Allí consolidó su vocación pedagógica y adquirió la experiencia necesaria para emprender uno de los proyectos educativos más importantes de la historia de San Juan del Cesar.

En 1966 fundó el Colegio San Juan Bautista, institución que dirigió durante 27 años y que se convirtió en uno de los planteles de mayor excelencia académica de San Juan del Cesar y del sur de La Guajira.

El profesor Ariza no solo ejercía como rector: también enseñaba Español y Religión. Su presencia diaria en las aulas demostraba que para dirigir una institución educativa era necesario conocer a los estudiantes, acompañar a los docentes y participar activamente en el proceso formativo.

Durante las décadas de 1960, 1970 y 1980, el Colegio San Juan Bautista se distinguió por su disciplina estricta, su exigencia académica y un cuerpo docente altamente calificado. Su propuesta educativa combinaba la enseñanza de las ciencias naturales, sociales, Matemáticas y las humanidades con asignaturas fundamentales para la vida ciudadana y laboral, como Inglés, Cívica, Urbanidad, Mecanografía y Taquigrafía.

Era una educación integral, concebida no solo para transmitir conocimientos, sino también para formar ciudadanos responsables, respetuosos y preparados para servir a la sociedad.

Por sus aulas pasaron estudiantes procedentes de diferentes poblaciones del sur de La Guajira. Recuerdo especialmente a mis hermanos, Juan Daniel y José Elías, quienes llegaron desde Zambrano para estudiar en aquel prestigioso colegio. Compartieron esa experiencia con jóvenes como Rafael Manjarrez Mendoza, Rafael Orozco Maestre, Petende, Luis Manuel Daza Mendoza, José Luis Gámez, Jaime Enrique Orozco y Nelson “Chachito” Frías, entre muchos otros.

Con el paso de los años, numerosos egresados del Colegio San Juan Bautista se convirtieron en médicos, abogados, ingenieros, contadores públicos, docentes, alcaldes, concejales, diputados y altos funcionarios del Estado como Gregorio Eljach Pacheco. Procurador General de la Nación, muchos de ellos reconocen que una parte importante de sus logros profesionales y personales se debe a la formación recibida en las aulas del profesor “Pelongo”.

Ese reconocimiento también se extiende a los docentes, directivos y trabajadores administrativos que integraron la institución y contribuyeron a convertirla en un verdadero símbolo de excelencia educativa.

El mayor legado de un maestro no se mide solamente por los años que permaneció frente a un tablero ni por la cantidad de estudiantes que asistieron a sus clases. Se mide por las vidas que ayudó a transformar, por los valores que sembró y por las puertas que abrió mediante el conocimiento.

Carlos Arturo Ariza Molina pertenece a esa generación de educadores que entendió la enseñanza como una responsabilidad social y una entrega permanente. Su colegio no fue simplemente una edificación: fue un espacio de disciplina, superación y esperanza para centenares de familias.

Al acercarse a sus 93 años, San Juan del Cesar tiene el deber moral de reconocer y agradecer la obra de este ilustre educador. Los pueblos que honran a sus maestros preservan su historia y fortalecen su identidad.

El profesor “Pelongo” no llegó a ejercer el sacerdocio con el que soñó durante su juventud, pero dedicó su existencia a otro apostolado igualmente noble: educar. Desde las aulas predicó con el ejemplo, impartió conocimientos, formó el carácter de sus estudiantes y ayudó a construir el futuro de toda una región.

Hoy su nombre permanece escrito, con letras imborrables, en la historia educativa de San Juan del Cesar y del sur de La Guajira. Porque los buenos maestros nunca se jubilan de la memoria de sus alumnos: continúan enseñando a través de las generaciones que tuvieron el privilegio de formarse bajo su orientación.

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