Máxima velocidad, máxima alegría: hasta que pase una tragedia

Por: Dario Daza Betancourt

A mí me gustan las carreras de motos en San Juan del Cesar, y sé que a buena parte del pueblo también. Ver las calles llenas, las tiendas vendiendo, la gente buscando acomodo y ese ambiente de fiesta es algo que le hace bien a la economía y al ánimo local. No se trata de pedir que las quiten, ni mucho menos.

Pero hay un detalle que me quedó dando vueltas después de la última válida: en plena carrera se metió una vaca a la pista.

Muchos se rieron y la cosa quedó como una anécdota porque, afortunadamente, no pasó nada. Pero la suerte no es una estrategia de seguridad. ¿Qué habría pasado si una moto viene a toda velocidad justo en ese instante? El piloto intenta esquivar, frena o pierde el control. Y no estamos hablando de un autódromo con amplias zonas de escape, sino de calles donde el público está prácticamente encima del recorrido: familias completas, niños y ancianos protegidos apenas por unas cuantas llantas o una valla improvisada. Una moto descontrolada no pide permiso ni pregunta quién está enfrente.

A veces nos acostumbramos a resolver la seguridad con un cansado «eso nunca ha pasado»… hasta que pasa. Y cuando ocurre la desgracia, aparecen las preguntas tardías: ¿quién autorizó?, ¿dónde estaba la Policía?, ¿por qué permitieron gente ahí? Pero después de que el ojo está afuera, no hay Santa Lucía que valga.

Hace poco, en Ecuador, una competencia de carritos de madera dejó varios espectadores heridos tras un despiste. Si eso ocurre con madera y gravedad, el riesgo con motocicletas a alta velocidad es exponencialmente mayor.

Antes de la próxima válida, la Alcaldía, los organizadores y las autoridades deben entender que avalar este evento no es un mero trámite de firmas; los hace solidariamente responsables, tanto civil como administrativamente, de cualquier tragedia que ocurra por omisión de medidas de seguridad. Deben caminar el circuito completo —pero caminarlo con rigor— identificando los puntos críticos. Hay curvas y zonas de frenado donde sencillamente no puede haber un solo espectador, así sea el sitio donde «siempre se han parado». El cerramiento tiene que dejar de ser una ilusión óptica para convertirse en una garantía real de que no se atravesará un perro, un chivo o un peatón despistado, porque ante la ley, la falta de previsión no es un accidente, es negligencia.

Que hagan las carreras, que el comercio venda y que el pueblo disfrute. Pero una buena jornada deportiva no es solo la que llena las calles o levanta aplausos; es la que termina con la pista despejada y con cada espectador de regreso en su casa, sano y completo.

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